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Ramón Serna

Quien estas líneas suscribe no conoció extensamente a Ramón Serna, más allá de saludos corteses. Solo
puede dar fe, tras varios años viviendo cerca de Cáritas, de su constancia en el trabajo voluntario y del
vozarrón que poseía, que solo era comparable a su carácter. Por ello acudo a que amigos y personas que lo
trataron en diferentes etapas de su vida desvelen el carácter de un vecino que no debe ser recordado por el
dichoso COVID’19, sino por una vida larga y repleta de amistad, amor, solidaridad y cariño.


Ramón Serna Sirvent nació en Alicante hace 81 años. Llegó a Los Alcázares a finales de los años 50, en
comisión de servicio para reparar una máquina en transmisiones, y en ese servicio se quedaría hasta el final
de su carrera militar. En el ejército alcanzó el rango de capitán, jubilándose allá por los años 90 .


Corrían los años 60 cuando Faustina, una guapa y joven peluquera llegada a Los Alcázares desde Pozo
Estrecho, se cruzó en su camino. Según cuentan, Cupido se disfrazó de inocente apuesta entre jóvenes
impetuosos; una apuesta que ganó Ramón, y que le terminaría uniendo de por vida con Faustina. Se casaron
en Pozo Estrecho en 1962. Dos hijas, seis nietos y más de 50 años de matrimonio dejan constancia de una
vida familiar plena, en la que se le recuerda como un muy buen padre, esposo y hasta yerno, como recuerda
Paquita Meroño. Quiso el destino que familia y aviación se unieran, ya que uno de sus futuros yernos será
descendiente de una de las sagas de pioneros de la aviación española, los Barrón.


Quizá el aspecto más recordado de Ramón por muchos alcazareños – y foráneos – sea su trabajo como militar
al frente de Transmisiones, en uno de los edificios más emblemáticos y bonitos de nuestra centenaria base
aérea. Allí, entre los azulejos del Quijote, dirigía un servicio que rememoran con cariño muchos de los que
por allí pasaron destinados – todos los consultados, en realidad, que han sido unos cuantos -. Eran los
tiempos de la “puta mili”, que decía Ivá, el servicio militar obligatorio. Cayetano Galindo recuerda que
“Ramón nos trataba como si fuéramos sus hijos”. David Zapata o Juan Carlos Vila lo definen como “muy
buena persona”. Todos relatan historias y anécdotas que lo muestran como un jefe comprensivo, cariñoso y
que daba la cara por sus subalternos.


Allá por la década de los 80 la familia deja el barrio de la colonia, las casas militares frente a la base donde
todos formaban una suerte de gran familia, como cuentan los García Bolarín, para marchar “al pueblo”.
Resulta curioso comprobar que hoy “la colonia” queda rodeada de “pueblo” por todos lados, excepto por el
lado militar.


Cuando le llegó la jubilación, Ramón se implicó activamente en diversas iniciativas sociales. Destaca su
papel en la fundación del Club Ciclista de Los Alcázares, del que fue primer secretario. En el 25 aniversario
del club, celebrado en el Restaurante Ramón en el 2013, él mismo recordaba con mucho cariño aquellos años
ilusionantes. Y es que el ciclismo era una de sus grandes aficiones. La caza, otra de ellas. Y la tercera, aunque
no la menos importante, el Hércules, del que era socio y al que siguió viendo jugar en directo cuando sus
niñas eran pequeñas y el equipo alicantino jugaba en el Rico Pérez.


El último “destino” de Ramón fue en Cáritas. Dada la implicación de Faustina en la parroquia local, Ramón
cambió la bicicleta por la solidaridad, y participaría activamente en Cáritas parroquial, donde estaría más de
una década en primera línea del reparto de comida. Era fácil verlo al pie del cañón y manteniendo un firme
compromiso, junto con Eleuterio Ramón, su compañero de trinchera, como afirma Juan López. Era el
primero en llegar y el último en irse, afirman sus compañeros. En el año 2019 la Hermandad de la Virgen de
la Asunción quiso reconocer su labor y ambos, Ramón y Eleuterio, fueron homenajeados.


Todo el mundo coincide en destacar una personalidad bondadosa y agradable, con vocación de servicio
público, que ha dejado múltiples huérfanos no solo en su entorno familiar sino también huérfanos de su
amistad, de su vecindad o de su compañerismo. Sirvan estas palabras como pequeño homenaje en estos
tiempos tan difíciles en los que no se le ha podido despedir como se merecía.

Descanse en paz.

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